Me senté en una de las pocas salas casi vacías en Annecy para ver un largometraje del cual no sabía prácticamente nada. Sabía que era una película croata llamada “Duga” y que estaba fuera de competencia. Sabía que del grupo de gente con el que iba, solamente yo la quería ver, pero eso no era sorpresa. Sabía también que sería muy extraña y compleja. De todas formas, siempre me gusta apostar por algo diferente. En realidad uno siempre tiene muy poco que perder y mucho para ganar.
Inspirada en dos historias tradicionales del siglo XIX contadas en la región que ahora es Croacia, “El Arcoiris” y “El Jinete”, la película de Josko Marusic advierte desde el principio que la historia no terminará bien y que el dolor es parte de la vida. A partir de ese momento estuve enganchado.
Un pequeño pueblo de la región, anclado en sus tradiciones milenarias, padece el cambio de siglo en el que se dificulta continuarlas, otorgarles nueva vigencia para las nuevas generaciones y mantenerlas vivas. El centro de la película son los jóvenes, quienes viven en carne propia la dureza del pasado, la frustración de tener que llenar un esquema que ya no aplica a ellos y, en el sentido más primitivo, universal y psíquico, el conflicto mortal con los padres y su dominio. Así se dibuja con gran emoción y sensibilidad la eterna guerra entre padres e hijos, en la que los padres desean conservar su poder como ancestros y los hijos solamente desean la libertad de definir su propia existencia. La tragedia es que usualmente, en esta batalla milenaria sin final, los eternos perdedores son los jóvenes, quienes en este caso sacrifican su deseo de libertad por el honor al pasado, incluso con su propia vida.
“Duga” de Josko Marusic, figura croata de la animación, no es una película para todos. Ni pretende serlo. Es difícil de ver, la animación es muy limitada y las reglas plásticas sin duda son poco convencionales y se transforman. Y es de Croacia. Pero lo más duro es el tema que trata, y el cómo lo hace. El saber que una historia no terminará bien no es cine para todos. Estamos demasiado acostumbrados a que todo termine bien, cerradito, aunque la vida (y digo ésto en el mejor y en el peor sentido posible) muchas veces no sea así.
Aquí el previo de tan inusual película, junto al aclamado cortometraje de su autor, “Fisheye”. Si alguna vez se tiene la oportunidad de ver una pieza tan rara, hay que tomarla. Si no por un interés en reflexionar sobre el tema de la paternidad y las tradiciones obsoletas y caducas, únicamente por correr un riesgo y ver algo diferente. Después de todo, uno tiene muy poco que perder, y como me ocurrió a mí en esta ocasión, un gran recuerdo para ganar.



