Relato basado en un cuento infantil de Roald Dahl (el que escribió “Charlie and the Chocolate Factory”), cuenta la historia de Mr. Fox, un astuto zorro que, años después de haber escogido una vida tradicional (casado y con hijos), encuentra la manera de regresar a su vieja gloria de ladrón de granjas. Al robar a las personas equivocadas, las consecuencias para sus familiares y amigos le harán, con un poco de suerte, re-evaluar sus prioridades. El estilo de Wes Anderson es reconocible durante toda la película, principalmente este sentido del humor de punchline ambiguo, y algunos de sus planos típicos en donde recorre las habitaciones de una casa (o una gran madriguera, en este caso) para mostrarnos la intimidad de varios personajes al mismo tiempo. Nominada al Óscar, es una película agradable, entretenida y recomendable, si no por otra cosa, por ser diferente.
Me sorprenden algunos de los comentarios acerca de “Fantastic Mr. Fox”, en los que aseguran que es una gran película, “a pesar de la mala animación”. Yo pienso que es una buena película nada más, pero que la animación es estupenda.
En pocas palabras, el mainstream consumidor de animación ya no acepta menos hiper-realismo del que Pixar, Dreamworks y otras grandes productoras que siguen su misma línea (o para el caso los efectos en basura como “Avatar” o cualquier otro blockbuster de altísimo presupuesto) nos presentan.
Sin profundizar más, la animación no tiene que ser por fuerza hiper-realista. De hecho, uno de los aspectos más elementales de este arte es que no lo sea. Su gran ventaja, la posibilidad de la irrealidad, como medio de creación artística, parece haber sido olvidada por el consumidor común y corriente, y eso me entristece mucho. Ojo que no hablo de la fantasía o las situaciones improbables, sino de la irrealidad en el movimiento, en las relaciones espaciales y temporales, y en las convenciones de la narración. En este sentido, la criatura más fantástica y extraña de “Avatar” (que tampoco son nada originales, pero eso es otro tema) es realista. ¿Se entiende?
En fin, es un tema largo. El caso es que películas como “Fantastic Mr. Fox”, en alguna pequeña medida, rescatan esta tradición no-realista. El stop-motion estroboscópico, en donde se delata el dispositivo, la materialidad (valga la redundancia) de los materiales, las relaciones espaciales al servicio de la narración, todos son aspectos que se han trabajado de forma muy interesante en la animación independiente a lo largo de la historia, obviamente en muchos grados y formas distintas. Para mí, esta gama de posibilidades es la sangre de la animación como forma artística, y la última película de Wes Anderson, aún débilmente, bombea un poco más por el bien de todos a quienes nos apasiona ésto.
Los valores hiper-realistas impulsados por Pixar (con sus obvias raíces en el Disney de la primera mitad del siglo pasado) y similares grandes productoras tienen más éxito y cosechan más premios que nunca, lo cual me hace pensar que aún siguen comercialmente vigentes. El que Pixar se haya decidido por la tercera parte de “Toy Story”, y las secuelas de “Cars” y “Monsters Inc.” como sus siguientes productos me dice que la gente quiere lo mismo de siempre y eso me desanima terriblemente.
Por otro lado, el optimista dentro de mí espera el día en que ocurra algo que contradiga esos valores, al rescate de los valores más primitivos de la animación, su regreso exitoso al mainstream comercial, y sobre todo, a la rentabilidad económica. Mientras tanto, hasta que eso pase, me quedaré en el margen, en el rico mundo de la animación del margen. Y aunque siempre acabe viendo todo, aplaudiré en silencio los intentos como “Fantastic Mr. Fox”, pensando que la suma de todos estos esfuerzos, con mucha paciencia, algún día significará algo.



