La verdad es que no soy mucho de hip-hop o de rap, pero cuando escucho algo que me parece especial, sobre todo cuando se mezclan músicos y estilos de otros géneros, no me da pena desde mi ignorancia, escucharlo una y otra vez hasta el cansancio. Es el caso del álbum “NASA: The Spirit of Apollo”, que suena al mismo tiempo que mi teclado.

Sin saber qué esperar, entramos a la sala del ANIMAC a una función especial, de esas en las que aparece uno de los realizadores de la película en cuestión (o en este caso, en construcción). Un tal Syd Garon, del que jamás había escuchado, comenzó a hablar de su proyecto: un documental sobre la grabación de un disco hace algunos años. Se trataba de un proyecto conjunto gestado por un productor musical americano, Sam Spiegel, y uno brasileño, DJ Zegon, en el que unían a personalidades de la música, de géneros aparentemente distantes e incompatibles, y los ponían a grabar temas bajo la consigna de NASA, North America – South America, concepto rector del proyecto.

¿Y que tenía qué ver todo ésto con animación? ¿Por qué incluirlo en un festival de esta naturaleza? Syd Garon es animador, y él había realizado uno de los videoclips para uno de los temas. Así pensó en aplicar el mismo concepto del disco al documental, encargando a animadores independientes o casas productoras videoclips animados para cada tema del disco, para después intercalarlos en el documental y obtener algo bastante especial.

Así han pasado varios años, en los que las animaciones se van produciendo a su ritmo, pues en palabras de Garon, su presupuesto es de cero dólares, lo que explica su presencia en Lleida con la película a la mitad, en busca, sin duda, de hacer ruido para poder terminarla.

En cualquier caso, las animaciones, tan variadas como las personalidades que aparecen en el disco, están realmente increíbles, y el trabajo vale muchísimo la pena. Aquí les dejo dos de mis favoritas, de las que alcanzamos a ver. El primero la pieza animada de Syd Garon, para la gran rola “The People Tree”, con David Byrne y unos raperos Chali 2na y Gift of Gab. El segundo, una genial canción de Tom Waits y el rapero Kool Keith, con una animación increíble hecha por la productora canadiense Fluorescent Hill (que también vale la pena investigar), “Spacious Thoughts”.

El disco sigue sonando, y no sé cuándo parará. No conozco a los raperos, obviamente, pero igual me suenan varios nombres como Karen O, Lykke Li, SpankRock, Tom Waits, David Byrne, MIA, Method Man, Santogold, que para mí son suficiente razón para probar a escucharlo. El disco aquí, para tomar un riesgo y escuchar algo distinto, mientras esperamos por la película terminada.

Se ha vuelto demasiado común, con el acceso a los programas de desarrollo de CGI y su amplia comercialización, que se exagere en su utilización en el cine comercial. Muchas películas de alto presupuesto caen en estos excesos, creando, al menos en mí, una horrible sensación de empalagosa indigestión cuando termina la película. Estamos en la era de los efectos por los efectos, y han perdido todo su significado. El problema con el CGI es que es tan obviamente falso, aún en su versión más realista. Se ha perdido la sensación que provocaban los efectos especiales hace algunos años, cuando salías del cine pensando “¿cómo hicieron eso?”. Ahora ya sabes. Es hora de intentar nuevas formas, o morir con éstas. Algo tiene que ceder.

Dos casos fallidos en donde son particularmente innecesarios y gratuitos, para que los piensen: “The Lovely Bones” de Peter Jackson, y en mi opinión, una de las peores películas de los últimos años, “Avatar”. ¿Podrían haberse hecho estas dos películas sin tanto CGI? ¿Me dice algo? La diferencia entre ambas es, básicamente: en la primera hay una buena historia que podría haberse contado de manera más efectiva y cercana sin tantos trucos. En la segunda, los trucos exigen tanta atención y desarrollo técnico que se les olvidó todo lo demás, todo. Más ejemplos en cualquier cine cercano.

Entre todo este pastel de CGI gratuito, quiero destacar un gran ejemplo del CGI al servicio de la historia, como debe ser, y no al revés. La adaptación del famoso cuento ilustrado de Maurice Sendak, “Where The Wild Things Are” por parte de Spike Jonze, ejemplifica exactamente el equilibrio que yo busco en la aplicación de la tecnología, para “contar”, no para distraer.

¿Y cómo lo hicieron? Utilizando el mismo nivel de tecnología que “Avatar”, o sea avanzadas técnicas de motion-capture y facial-capture, Jonze y su equipo logran recrear perfectamente el universo de Sendak, dando vida a preciosos personajes fantásticos, producto de la imaginación del pequeño Max, y protagonistas colectivos de una bella y ambigua historia.

¿Qué tan fácil hubiera sido encargar la producción de los personajes a una productora high-end de CGI, y grabar todo en pantalla verde, con actores usando trajes de captura de movimiento? Suena complicado, pero en realidad, esta es la decisión fácil. En donde triunfa esta película es en la decisión de trabajar con la compañía de Jim Henson, heredera de su dominio de puppets, para que creara a los personajes al más puro estilo de las botargas muppets. Así se crearon grandes disfraces caracterizados, a los que les faltaba una sóla cosa para cobrar vida: el rostro. Resulta extraño tener que resaltar que había actores dentro, pero sí, los hay. Después, mediante puntos específicos de captura de movimiento colocados en los rostros estáticos de las botargas, se animaron digitalmente las expresiones faciales tan variadas de todos los personajes, y se integraron a ellos posteriormente en composición digital. Una película con gran cantidad de tomas digitales, como la mayoría, pero que no se ven tan fácilmente.

El resultado, al menos técnicamente, es fantástico. Las “cosas salvajes” están ahí, físicamente, con Max. Se abrazan, se montan, se tocan. Incluso duermen encimados en una escena memorable (que jamás hubiera funcionado tan bien con CGI). Pero también hablan, miran con intención, ríen, se enojan. La gran decisión de resolver a los personajes como lo hicieron hace, de una buena película, una mejor, extraordinariamente íntima y cercana. “Where The Wild Things Are” me recuerda por qué me gusta el cine, cuando se hace con inteligencia y corazón.

Y la música. Karen O and the Kids han creado un soundtrack realmente inolvidable, que suena también en este momento, mientras escribo.

Y el genial cuento ilustrado original de 1988, “Where The Wild Things Are” de Maurice Sendakaquí.

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