Muchas veces se trata más de crear un ambiente, de establecer un sentimiento general por medio de una secuencia de imágenes ambiguas y jugar en los espacios vacíos, que de contar una historia lineal con un desarrollo tradicional y un discurso claro. No hay un significado establecido. No hay metáfora de nada. Hay una historia, sí, pero es inconexa y poco articulada. Pero hay una emoción, una empatía con personajes incomprensibles y heroicos en su propio sentido. Y al final de la historia hay incomodidad en el mejor sentido posible, del tipo que a mí en lo personal me hace querer ver más cine, más arriesgado y menos convencional. En cierto sentido, la incertidumbre que me generan piezas como “Cat Soup” me hacen querer seguir viviendo aunque no entienda mucho de la vida.
El relato puede ser metáfora guiada de algo mayor, pero como en cualquier pieza de tipo surrealista fantástica, su interpretación siempre será subjetiva y personal. No es necesariamente una debilidad. En mi opinión, es mejor pensar e involucrarse que no pensar y lavarse las manos de lo que uno siente o debe sentir.
Básicamente, un simpático gatito intenta evitar la muerte de su hermana mayor enferma al ir en busca de su espíritu en un viaje surrealista lleno de adversidad y peligro que los llevará a las puertas de su creador divino. Para mí, habla de la enfermedad y la familia. Del tiempo y la memoria. Del sacrificio y de la violencia. Y finalmente, de la inevitabilidad de la muerte. Pero saquen sus propias conclusiones.
Aquí el especial cortometraje de 2001 dirigido por Tatsuo Sato y basado abiertamente en un manga del mismo nombre. Uno de esos cortometrajes que puedo ver una y otra vez y siempre encontrar algo nuevo, espejo de lo nuevo que pueda haber en mí. Siempre depende de uno.
Atención especial (si se completa la travesía) a una de las presentaciones más bellas de créditos finales que puedo recordar.
Usualmente en las películas me gustan las historias profundas y contemplativas, aquéllas en donde la idea es compleja y pueden distinguirse varias capas. Me gustan los conceptos que evolucionan y refieren a otros más subjetivos, resaltando sus espacios vacíos. A partir de una idea central, me gusta analizar las subsecuentes decisiones estilísticas tomadas por los realizadores. Me gusta ver las imágenes, las formas y los colores siempre en función de lo que se pretende contar. Me gusta pensar y darme cuenta que todo lo que veo se ha pensado antes.
De vez en cuando me encuentro disfrutando una película completamente al revés, en donde la imagen me sacude y me hace revertir todo este proceso. Películas como “Redline”, de TakeshiKoike, me recuerdan que me gusta todo, que no importa por dónde se empiece y que las buenas ideas tienen muchas formas.
La carrera interplanetaria más popular del universo, llevada a cabo en el planeta más inestable y peligroso del sistema estelar, es el evento a seguir en un futuro lejano en el que conviven alienígenas y humanos en sociedades podridas, drogadictas, violentas y decadentes. A bordo de “automóviles” customizados especialmente para la carrera (armados con misiles, navajas, taladros, propulsores, turbos y unos, incluso, sin ruedas), se disputa la carrera Redline, la pista más peligrosa del circuito intergaláctico, en la que se enfrentan los pilotos más despiadados, no hay reglas y se vale prácticamente todo. Este popular evento incomoda políticamente a los gobernantes del recluído planeta anfitrión, uno en eterno conflicto con el resto, quienes intentarán sabotear a toda costa la carrera y aniquilar violentamente a los competidores con armas de todo tipo, incluso biológicas masivas. Y en medio de todo ésto, una bella historia de amor a fuego lento. ¿Suena bien?
La ilusión del movimiento en esta película cobra nuevo sentido. Con poco movimiento fluido, un elemento clave del anime, pero con una serie de deformaciones y temblores muy bien aplicados, las bellas imágenes transmiten la velocidad de la peligrosa carrera de forma muy efectiva. El estilo de cada plano recuerda abiertamente a un afiche de algún cómic sesentero, principalmente por sus sombras en negro en contraste con colores vivos, pero con un giro futurista sin restricciones ni censura alguna. Lo anterior sumado a una increíble banda sonora y un diseño de audio excepcional, y se tiene una vertiginosa carrera de 100 minutos cargados de adrenalina, con un par de paradas en los pits para respirar antes de la última recta, cuando se tiene más que perder, hacia la meta final.
Takeshi Koike, animador en jefe del clasicazo del anime “Ninja Scroll”, se hizo un nombre como director al firmar “World Record”, a mi parecer el mejor logrado de la serie “Animatrix” en 2003, complemento animado de la popular saga de los hermanos Wachowski, en el que ya se veía su forma tan especial de representar la velocidad y su gran afición por la competencia. “Redline”, producida por Madhouse (una de las casas de animación más importantes de Japón) tardó seis años en realizarse desde su concepción a su estreno en 2009, más que la mayoría de los largometrajes con más renombre en Japón. El resultado, en mi opinión, habla por sí solo. Vaya caramelo visual.
Después de varios años de trabajar como directores de animación para series de televisión, dos talentosos hombres, Isao Takahata y Hayao Miyazaki, se embarcaron en la producción de un ambicioso largometraje, basado en un manga homónimo escrito por el segundo, que un par de décadas y media después recordamos como aquél que empezó todo, el que puso en el mapa un nombre que cambiaría el rumbo de la historia del cine de animación. El éxito de “Nausicaä of the Valley of the Wind” cuando se estrenó en 1984, mantuvo a flote a una productora cuyo nombre conoce bien todo aficionado o ilustrado del cine de animación, muchas historias inolvidables después: Studio Ghibli.
Desde hace muchas décadas, el cine de animación occidental comercial se ha mantenido dentro de los márgenes de la narración tradicional. Con una clara tendencia general hacia el público infantil, con las historias y los personajes se corren pocos riesgos (aunque se nos vendan como todo lo contrario), estancando las historias en estructuras demasiado sencillas y repetitivas bajo el paradigma de que esta forma de narrar facilita el consumo masivo. Si bien muchas veces funciona dicho paradigma, otras tantas es incorrecto asumir que el público infantil es incapaz de seguir una historia compleja, que no distinga del bien y del mal tan claramente, que pinte mundos en donde cosas horribles pueden suceder, no por la maldad unidimensional de un villano caricaturesco, sino por nuestra naturaleza misma. Yo no tengo duda de que los niños son capaces de comprender que en un mundo así también pueden florecer el amor y la esperanza, pero pagando un precio alto consecuencia de nuestros propios errores.
Los ingredientes del contexto histórico pueden ser muchos y muy complejos, pero a grandes rasgos, la mezcla de evidentes conceptos ancestrales de la cultura japonesa con una rica tradición gráfica y audiovisual (siempre entendida como dirigida a todo público), y la eficaz infraestructura de la industria de animación más poderosa del momento, sentaron las bases para que un hombre especial, Hayao Miyazaki, escribiera una historia diferente, tal vez demasiado para el mundo occidental, que trataba al público infantil de otra forma, como seres pensantes, capaces de articular conceptos muy complejos, ritmos semilentos y una ambigua diferencia entre el bien y el mal. “Nausicaä of the Valley of the Wind” fue un éxito inmediato en oriente, y muchos años después, en mi opinión y de muchos otros, es considerada con justicia una de las mejores películas de animación de todos los tiempos.
Moviéndose en los límites de los géneros de fantasía y ciencia ficción, la película nos pinta un paisaje futurista devastado, en donde los seres humanos han sido reducidos a pequeños poblados, lo poco del mundo que es aún habitable, debido a la propagación de una selva tóxica que arrasa con todo a su paso, protegida por insectos gigantes objeto de adoración, respeto, miedo y precaución al mismo tiempo. Pronto conocemos a Nausicaä, princesa de un pueblo idílico al margen de la selva tóxica. Esta mujer joven, de edad indeterminada, es el único personaje que puede definirse como “bueno”, pues todas sus decisiones representan la nobleza del sacrificio y el repudio a la violencia (aunque ella, en un momento dado, participa activamente de ella), y al mismo tiempo es el primer paladín de la concienca ecológica que caracterizará a Miyazaki en su obra posterior. Esto no quiere decir que Nausicaä sea un personaje superficial, sino todo lo contrario. El complejo proceso que sufre el personaje, desde su idealismo inicial, el reconocimiento de la horrible gran verdad, sus responsabilidades en el gran esquema de las cosas y el sacrificio brutal que se verá obligada a hacer, la hacen efectivamente una de las heroínas más queridas en la historia del cine.
¿Por qué se ha asumido en occidente que el público infantil no puede entender a un personaje de varias dimensiones, con varios procesos complejos y contradictorios ocurriendo al mismo tiempo? Si bien ahora es mucho más común encontrar cierta ambigüedad en algunos protagonistas del cine comercial, ¿por qué sólo puede ocurrir ahora cuando esta estructura es la moda (el paradigma instalado) y no antes, cuando ocurre en el margen? Como está de moda ese tipo de personaje, ahora lo entendemos y aplaudimos, pero ¿será que vamos más lento en el desarrollo de nuestras estructuras narrativas como sociedad? ¿O que no salimos de ellas por miedo a perder rentabilidad? ¿Son los niños japoneses mas inteligentes que los nuestros? Como consumidores, como padres de familia, como realizadores… ¿nos dará miedo pensar?
La historia solamente se complica más. Rápidamente, en medio de secuencias de acción extraordinariamente animadas, el sentido de catástrofe inminente que opera sobre el Valle del Viento se hace muy real, y descubrimos un terrible conflicto mucho más grande. Una violenta guerra entre naciones enemigas se ha desatado en medio de los planes de ambas para destruir la selva tóxica de una vez por todas, gracias a un arma letal antigua, misma que quemó al mundo hace miles de años y ha de ser revivida para hacerlo nuevamente. Pero al contrario de la narración occidental, no existe el mal encarnado, sino la teconología al servicio de cualquier motivación. No hay villano caricaturesco, cuyo único fin es el mal. Incomprensible para el mundo occidental, cada actor sólo está actuando en base a lo que es mejor para su gente, con la poca información que posee sobre el contexto general. Es Nausicaä, a medida que se ve obligada involucrarse activamente en el conflicto, quien descubrirá las razones del origen de la selva tóxica, la única que podrá ver todo con diferente perspectiva y quien deberá asumir la responsabilidad de detenerlo, aunque sea demasiado tarde, y siempre a costa de su propio sacrificio.
Así como no hay bien y mal, tampoco habrá ganadores y perdedores. Habrá un esbozo de resolución apenas. Y habrá un sacrificio enorme por parte todos los actores. Habrá arrepentimiento y desilusión. Pero también habrá reconstrucción y esperanza porque, después de todo y casi de manera alienígena para el mundo occidental, se trata de un final feliz.
Aquí el trailer original de “Nausicaä of the Valley of the Wind”, una de las obras maestras de Hayao Miyazaki, legendaria figura que no es necesario elogiar más. Es posible que parezca anticuada, pues se trata de una película de 1984. Sin embargo, la estructura narrativa que plantéa sigue siendo vigente y novedosa, pues lamentablemente en occidente estamos atorados en este tema desde hace tiempo, y desde esa perspectiva, sería ridículo negar que sigue siendo revolucionaria. Cabe mencionar aquí “Princess Mononoke” de 1997, para muchos, como yo, la mejor película que ha hecho Ghibli, en donde toda la estructura narrativa y discurso de “Nausicaä…” es ejecutada a la perfección y con mayor efectividad. Si no lo dije antes, dos de las mejores películas de animación que se han realizado en la historia.
Y de postre una gran interpretación del bellísimo tema musical de la película. Como lo digo siempre y lo diré muchas veces más, esta es una de esas películas que me recuerda por qué me gusta el cine de animación.