Los dragones, tal vez junto con los osos y los ratones, son las criaturas más explotadas en el mundo de la animación, y con justa razón por la fascinación que llevan generando en muchas generaciones y culturas que han existido en este planeta. Además, su carácter mitológico legendario fantástico las hace ideales para representar con gran libertad. Las reglas para hacerlo son pocas, ambiguas y no están escritas. Ni siquiera todos tienen que volar o escupir fuego. Básicamente, que parezcan reptiles y que sean llamados como tales. La última película de Dreamworks, “How To Train Your Dragon“, se toma ésta libertad muy en serio y la disfruta con éxito.
Más allá de su historia simple y predecible, la fuerza del largometraje es la aproximación que se hace a los dragones como especie, desarrollando inclusive a varias sub-especies bastante interesantes en su diseño y en su anatomía y fisiología. Se nos presenta un mundo fantástico, pero creíble y sólido, solamente a través del estudio semi-biológico de los distintos tipos de dragones que aterran, sin aparente propósito, a un pequeño pueblo pesquero de características vikingas (con libertades artísticas, claro). Hiccup, débil y olvidable héroe, hijo del líder valeroso del clan, es el único que ve más allá del exterior salvaje y peligroso de los dragones y descubre, por azar, coincidencia y destino, que son criaturas complejas, que pueden domesticarse, y no solamente animales feroces hambrientos que gozan de robarles su comida mientras destruyen todo a su paso.
Es en el encuentro de Hiccup y Toothless, un misterioso y peligroso dragón, único en su especie y bautizado así por su nuevo amigo, en donde encuentro lo más interesante de la película. El dragón, ágil, destructivo y tenaz al principio, adquiere abiertamente las características de un perro. Resistente al dominio humano, salvaje y peligroso al principio, pero finalmente dócil, cooperador y fiel. Del esplendor y libertad de la naturaleza a la tragedia de la sumisión. A nivel técnico, las reglas de diseño bien pensadas, versátiles e intercambiables del personaje le permiten sufrir todo este proceso de manera verosímil y efectiva, aunque por momentos nos recuerde más al simpático alien de Disney Stitch, cuya relacion con esta película, más allá del accidente o la extraña coincidencia, no logro descifrar todavía. En cualquier caso, lograr a un dragón original, a estas alturas, es una tarea difícil, pero en esta ocasión y en mi humilde opinión, bien superada.
Se trata de uno de los deseos humanos más primordiales. Dios ordena a Adán que el mundo es suyo para conocer y someter. Es el enfrentamiento del humano a habilidades sobrehumanas solamente encontradas en la naturaleza, y su lucha constante por apropiarse de ellas y ponerlas a su servicio. La película promueve superficialmente la cooperación y la sustentabilidad, que deben sustituir al conflicto eterno y al exterminio mutuo. Sin embargo, este mensaje ético fácil, amistad y ayuda mutua en vez de lucha y destrucción, se pierde en el camino, y los nobles dragones terminan siendo únicamente dóciles mascotas del hombre todopoderoso. En este sentido, la película puede resumirse efectivamente como la tragedia de Toothless.
Imagino la regañiza a los guionistas a la mitad de su guión, cuando se enteran que han estado reforzando el sometimiento, que son conquistadores españoles más que ingleses en el siglo XV, pero conquistadores al fin, y que apuestan más por exterminar a la oposición que por explotar los recién descubiertos e interminables recursos humanos de las colonias. La película, sin razón aparente, corrige comercialmente el rumbo y se inventa un enemigo común, un ancestral dragón de proporciones descomunales, tirano de los otros dragones y amenaza latente y devastadora de los hombres, causa de todos sus males. A partir de ahí, la historia se vuelve un viedojuego en donde todos unen fuerzas para una batalla épica, sin duda pensado así para el próximo lanzamiento del título homónimo para todas las consolas.
En suma, en el arte, la técnica y el diseño: buena apuesta, buena investigación y buena ejecución. En historia, otra oportunidad perdida de abordar un tema complejo, sin bien ni mal, pues en su lugar apela a un público menos complejo, más infantil y más superficial, pero mucho más amplio, comercial y finalmente rentable.
En una buena nota, da gusto ver que Dreamworks se aleja un poco más del humor craso de cultura pop y mal gusto que acostumbra sostener todas sus películas. “How to Train Your Dragon” es uno de sus más nobles intentos de hacer una película con sustancia, aún siendo un producto tan infantil, en lugar de una celebración sin escrúpulos de la cultura pop americana ya podrida desde hace rato.



