Cuando vi anunciada la producción de esta película, me sentí extrañamente decepcionado y expresé tal sentimiento en este inocente artículo. Aparentemente, Pixar se ha convertido en algo ridículamente sagrado, y más de uno se sintió aludido y ofendido por mis comentarios. Más allá de los insultos y reclamos poco articulados (y con severas, delatadoras faltas de ortografía), la voz general me hacía un reclamo válido: no había visto la película. Bueno, ahora la he visto, y puedo adelantar que sostengo mi opinión previa. Lo que sí es que este ejercicio me ha aclarado qué es lo que me molestaba antes de verla, pues tampoco lo entendía muy bien yo, pero eso lo dejaré para las conclusiones.

Soy un creyente y abogado de que el cine está hecho para mucha gente y tiene muchas formas de verse. De esta forma, acepto que puedan verse películas por el hecho de ser palomeras, comedias románticas, películas de explosiones y desastres, en fin, para mí siempre será válido decir me encantó TS3 porque a mis hijos les gusta mucho, y es una gran forma de matar dos horas” o “me encanta porque no me hace pensar y es domingo”. Todo eso está muy bien y es una dimensión del consumo del cine muy interesante y positiva, en la mayoría de los casos. Lo que me cuesta más aceptar son las frases como “es la mejor película de animación que se ha hecho” o “esto es la punta de lanza en el mundo de la animación”, que no sólo son completamente erróneas, sino denotan una extrema ignorancia sobre el tema, además de ser frases máximas que no permiten algún otro punto de vista. En suma, está perfecto no saber y disfrutar del cine de animación, que en definitva es lo que todos hacemos, de una manera u otra. Pero cuando se finge ser un conocedor, pues entonces es necesario saber del tema.

Por eso me propongo este ejercicio, que claramente no es una disculpa, sino una forma de aclarar mis propias ideas (como todo este blog, supongo) sobre cómo abordar este tipo de cine bajo el concepto moderno de “animación expandida” en donde idealmente conviven miles de formas, técnicas y discursos, y que los defensores de Pixar (no los que trabajan en Pixar) no aceptan como parte del panorama moderno de esta forma de arte.

A continuación el desglose, libre de opinión a propósito, de algunos aspectos de “Toy Story 3″.

La película pertenece estrictamente a un tipo de cine muy instalado en nuestra vida cotidiana occidental, pues obedece, casi al pie de la letra, una serie de conceptos ideológicos y abstractos establecidos por Disney y el cartoon americano hace varias décadas. El estilo de la animación que ha utilizado Pixar en todas sus películas (los conceptos teóricos sobre cómo construir una pose, sobre timing, sobre el peso y formas de los personajes, sobre las leyes propias de su movimiento como medio de expresión) es el mismo que inventó Disney hace muchos años, una forma comprobada de plantear una “ilusión de vida” y cautivar a la gente en ese universo recreado, pues esa ilusión hace la experiencia de ver la película un ambiente seguro, al acercarse a nuestra realidad en sus aspectos más físicos. Pixar lo único que ha hecho es trasladar ese modelo téorico a un soporte tecnológico relativamente nuevo, con extrema eficacia y éxito productos de una impecable ejecución, llena, eso sí, de corazón por lo que hacen. En este sentido, Pixar, con lo bonitas y efectivas que han sido la mayoría de sus películas, no ha descubierto el hilo negro de nada. El creer que Pixar es original en este aspecto es un error. En todo caso, se trata de películas sumamente conservadoras y tradicionales en este sentido.

La imagen es otro aspecto con el que Pixar impresiona a su público. La tecnología que han desarrollado para este efecto es increíble, pues se han alcanzado niveles de fotorealismo cada vez más “reales”, por decirlo de alguna forma. El “fotorealismo” se refiere, en términos muy sencillos, a la representación gráfica de cómo la luz interactúa con los objetos en la vida real. No se refiere a si los objetos son realistas o no, el concepto habla únicamente del comportamiento de la luz. Una dimensión sin duda interesante desde un punto de vista tecnológico, pero hay que tratar de pensar en la ideología que esta detrás de esta búsqueda, en las decisiones que han llevado a toda una industria a buscar este tipo de imagen en sus productos, habiendo infinitas posibilidades de plantear una estética. Pixar escoge siempre invertir en el desarrollo del fotorealismo, siendo en este sentido, otra vez, sumamente tradicional, aunque alcance resultados realmente impresionantes. Sencillamente, el objetivo del fotorealismo, lo que se quiere conseguir con él, está establecido estrictamente en la realidad, en la ciencia de la luz, y se apuesta a la tecnología para alcanzarlo. Siempre será más arriesgado buscar estéticas que no tienen referencia alguna en el mundo real. No es el caso de Pixar.

Y la historia, nuevamente, obedece a una ideología muy tradicional del cine clásico americano. El planteamiento de una necesidad y un conflicto; un viaje para resolverlo; un falso positivo provocado por el engaño de un villano; el escape del peligro, la conquista del villano y la resolución satisfactoria. Decir que se trata de algo muy tradicional es resaltar más lo obvio. Narrativamente, o sea, cómo se cuentan todos estos eventos, es el único aspecto en el que TS3 se sale un poco de lo tradicional, utilizando tiros de cámara muy dinámicos e interesantes, sin duda prueba de que el cine para niños no debe ser por fuerza tan simple, y de que la película estaba claramente pensada para un público mayor al ser una tercera parte de un producto que salió hace quince años. De cualquier forma, la ideología inherente a la historia sigue siendo sumamente clásica, y en este sentido, no aporta nada nuevo. La moral detrás de la película es la misma de Disney, y también la misma del cine americano comercial, resaltando los valores e ideales de la sociedad occidental americanizada (o sea, casi todos nosotros). Se puede hablar de si esta moral sigue vigente aún, pero es un tema más complejo para otro día.

El objetivo de la película también es muy evidente, y no vale la pena desglosarlo aquí para no extendernos. Basta decir que cuando se habla de cine comercial, hay que dejar de ser tan ingenuos y aceptar que las motivaciones siempre serán comerciales, buscando la mayor recompensa económica posible, en el menor tiempo posible. Cuando no se entienda por qué se tomó tal o cual decisión, usualmente siguiendo la pista de dónde está el dinero se encontrará la verdad.

Hasta este punto, el desglose de la película fue a propósito desprovisto de opinión. Las ideas de los párrafos anteriores no las inventé yo. Es lo que es y es difícil no estar de acuerdo con los hechos. Mi punto es que hay que tratar de entender las películas por lo que son, de dónde vienen, qué tipo de cine son, qué intenciones había para ellas, que ideología obedecen y a qué paradigma pertenecen. En Pixar, su intención y contexto está claro desde todos los ángulos, de principio a fin, y eso es, esencialmente, lo que hace a sus películas tan efectivas.

Mi opinión, para el que le interese, es la siguiente. No estoy diciendo que TS3 sea una mala película. Tampoco que sea una buena. De hecho, me gusta detenerme antes de decir que algo es bueno o malo, pues me parece poco profesional. Cuando digo “me gusta” o “no me gusta”, es porque lo he pensado y sabré sustentarlo si es necesario. En este caso, todos los aspectos antes desglosados me aburren un poco, pues creo que el mundo del cine de animación es demasiado rico y grande como para apostar siempre por esta ideología, como productor y consumidor. Supongo que esa es la palabra clave. Me aburre. Con todo lo impresionante que puede ser la imagen y la animación, a mí francamente me parece aburrida, por no hablar de la historia, que en mi opinión es bastante trillada y predecible.

Me llama siempre la atención que cuando la gente defiende TS3 habla de que “la animación está bien hecha, es perfecta”. Me recuerda a la gente que ve alguna película palomera de presupuesto gigante y sale diciendo que “la fotografía está genial”. Pues claro que está genial, ¡si cuesta muchos millones de dólares! Es el caso de Pixar. Por supuesto que la animación está genial. Para algo con tantos recursos, no es sorpresa que a ningún personaje se le rompa la geometría o que cambie de posición de un cuadro a otro. Son decisiones que se toman, nada más, sobre cómo se invierte el dinero y para qué fin. En Pixar claramente es importante la animación para la ilusión de realidad, la “imposibilidad plausible”, y obviamente está bien hecha, eso no debería ser sorpresa, ni siquiera valor agregado. Gente que me he cruzado, que habla de la “gran animación de Pixar” es la misma que piensa que “Fantastic Mr. Fox” (que ganó el Cristal a Mejor Largometraje en Annecy hace dos semanas, premio, por cierto, que nunca ha ganado Pixar y que no creo que gane TS3) está mal animada porque “brinca” de un fotograma a otro.

La musicalización, evidente herencia de las “Silly Symphonies” de los años 30′s, francamente me pareció excesiva, caduca e insoportable. ¿A nadie más?

No he dicho en ningún momento que odio Pixar, ni mucho menos. Es más, si tuviera que escoger mis favoritas entre sus películas, las que creo que son realmente especiales, escogería “Wall-E”, “Finding Nemo” y “Ratatouille”, grandes películas (siempre dentro de un género, pero en mi opinión diferentes y arriesgadas) que me ayudaron a darme cuenta de lo mucho que me gustaba pensar en todas estas cosas. Supongo que el resumen de todo ésto es que ahora tengo otros intereses, que no van por el camino de Pixar. Un camino que, al menos en sus últimas dos películas, me parece muy poco interesante. Y viendo el éxito de TS3, no creo que cambien de rumbo pronto.

Para finalizar quiero hacerme dos preguntas. ¿Por qué a la mayoría de la gente le gusta tanto y se ofende cuando uno esboza la más mínima crítica en un blog irrelevante? ¿Por qué a mí me causa tanta desilusión la película?

La respuesta a la primera, y es pura especulación, es que es difícil salir de la zona de comfort de uno, tanto en en el cine como en la vida, y lo que Disney/Pixar ofrece es justamente eso, una zona de comfort para todos, en donde todo obedece ciertas normas estéticas e ideológicas seguras y no se enfrenta ningún peligro. El mundo ya tiene suficiente de eso, e ir al cine se ve como un escape a ello.

La respuesta a la segunda es menos evidente. Mi apuesta es que veo que películas como TS3 refuerzan un paradigma instalado y omnipresente que dice que el cine de animación es así, que es esencialmente para niños, que habla de temas seguros y presenta pocos riesgos. Todos los esfuerzos de la industria americana van dirigidos a revitalizar este paradigma (no se sorprendan si TS3 gana el Óscar a mejor película animada en 2011, y en una de esas, hasta el de mejor película), mismo que no permite entender otro tipo de animación como “buena”. Siendo el mundo tan grande y las propuestas tan variadas y originales, la fuerza de este paradigma me entristece, pues lo original y arriesgado es difícil de encontrar y permanece marginado en festivales preciosos de animación perdidos por el mundo, en la televisión para niños y en la publicidad, y es una pena que no encuentre salida en los medios más comerciales, como en un largometraje de alto presupuesto y desarrollo técnico. Tal vez sea positivo para nosotros los diferentes. Tal vez sea bueno que se piense que la animación empieza y termina con Disney/Pixar. Tal vez sea mejor que el increíble mundo de la animación expandida permanezca como nuestro secreto mejor guardado, un mundo en el que se permiten más voces, más estéticas, más discursos, y no se castiga con tanto rencor el pensamiento individual.

Uno de los clásicos de Disney menos reconocidos, si es que hay tal cosa, es también una de mis películas de animación favoritas de toda la historia. Podría decir que es por su diseño original, por su historia entrañable, por la trayectoria de su director. Pero lo que la hace especial, en mi opinión, es una de las historias de amor más hermosas, y menos cursis, en el catálogo de la productora de Walt Disney.

El orgullo y perdición de la ideología de Disney son sus historias de amor. El príncipe azul, la dama en peligro y el villano envidioso, en general, son motor y consecuencia de todas las historias. En el caso de “The Rescuers” de 1977, la historia de amor es sutil, sencilla y perfecta. Es real. Dos personajes de contextos diferentes que se encuentran en circunstancias determinadas y casuales, se conocen y enfrentan los mismos retos por un objetivo común. Nadie salva a nadie. Nadie despierta de un hermoso sueño. Nadie es feliz para siempre. Hay atracción, compañía, comprensión y lealtad, y eso es lo que produce eventualmente el amor. No está dictado por la fantasía, no es consecuencia de la adversidad, y mucho menos está escrito por el destino.

“The Rescuers” narra la importante misión de una sociedad internacional de detectives para rescatar a una pequeña niña secuestrada, en la que se involucra la bella Miss Bianca, atractiva y seductora representante de Hungría en la agencia, quien decide llevar consigo, sorpresivamente, al conserje neoyorquino, Bernard. Una bonita historia de aventuras dirigida por uno de los más interesantes en la historia de Disney en mi opinión, Wolfgang Reitherman, sirve de pretexto para esbozar una historia de amor sutil entre los dos personajes que no es la razón central por la que se salva el mundo, es sólo una decisión  de vida de dos seres que por circunstancias incomprensibles, se encuentran viviendo en él.

Mi escena favorita, sin duda, es el momento en el que Bernard, miedoso, obsesivo y supersticioso por naturaleza, se dispone a abordar a la gaviota para volar al pantáno siguiendo la pista de la niña. Cuenta 12 escalones de la pequeña escalera para subir al pájaro, y duda para pisar el número 13, por ser de mala suerte. Miss Bianca le propone, sin preocuparse mucho, que simplemente lo salte. ¿Habrá entendido Miss Bianca que el príncipe azul no existe? ¿Que este caballero miedoso e ingenuo hará lo que sea para protegerla, a pesar de sus propias imperfecciones? ¿Que la pareja requiere comprensión, apoyo y compañía, aún en los aspectos que no entendemos de ella?

Y durante el resto de la aventura se ayudan, se acompañan, se entienden, jamás hablando de amor, ni de felicidad eterna. Se toman de la mano para ayudarse a subir escalones, se preocupan cuando, debido al peligro, quedan separados, pero siempre priorizan la misión, por sobre todo lo demás. El bienestar de Penny, la niña secuestrada, es lo primero. Después están ellos. Y a través de esas herramientas se construye, sutil pero efectivamente, su amor.

Al final de la historia no se promete la felicidad eterna. Simplemente, el asustadizo Bernard entiende lo mismo que Miss Bianca ha entendido antes, que a ella le mueve la aventura en el mundo y que deberá aceptarlo y acompañarla en su siguiente misión, a pesar de su naturaleza temerosa, simplemente porque ella lo quiere a él, exactamente como es, a su lado.

También está el increíble diseño de arte y de personajes. También está una de las mejores mujeres villanos en el cine de animación, la absolutamente neurótica y paranoica Madame Medusa, que infunde miedo, más que por su esencia maligna, por su carácter impredecible. Y sus cocodrilos, Nero y Brutus. Y el contexto histórico de la época, reflejado en que Miss Bianca habrá de convertirse en la primera “mujer” en liderar una misión tan peligrosa. También está el genial trabajo de voz de Bob Newhart y más inolvidable aún el de Eva Gabor, como Bernard y Miss Bianca respectivamente. Y la triste secuencia musical de Penny secuestrada en el pantáno, metáfora de su orfandad. Pero es la historia de amor diferente lo que la hace especial a mis ojos.

Aquí la escena memorable en donde se entona el himno de la Rescue Aid Society, el momento en donde se miran por primera vez los dos personajes. Miss Bianca, importante miembro de la sociedad, llega extremadamente tarde a la reunión, lo cual a nadie importa pues a todos les encanta la bella agente. Incluso se toma unos segundos extras para perfumarse antes de entrar por la puerta en donde Bernard, el conserje entusiasta, entona el himno con ilusión mientras barre con una escoba el pasillo, haciéndolo olvidar la letra de la canción por un bello y significativo instante.

Hace algunos días estrenaron oficialmente el trailer para la tercera entrega de “Toy Story”, la apuesta de Pixar para este año, y debo decir que me retorcí un poco en una mezcla de desilusión y enojo, ante las “nuevas” imágenes y la “nueva” historia.

No hay mucho qué decir, aún sin haberla visto. Por un lado, sin lugar a dudas será una película técnicamente perfecta, que cumplirá los altos estándares de Pixar en cuanto al realismo extremo mezclado con la vieja ideología Disney de los dibujos animados y la ilusión de vida, probablemente llevándolos a nuevos niveles de desarrollo técnico. Por otro lado, parece la misma película que ya vimos antes, los mismos personajes, las mismas voces famosas (y seguramente algunas más), la misma pobre historia que ha repetido el cine tradicional americano de animación hasta el cansancio.

Me pregunto humildemente si queremos ver otra vez la misma película, si todo el gran trabajo que ha hecho Pixar durante muchos años ha desembocado en esto. Me pregunto también incrédulo, si este es el fin de Pixar como lo conocemos, al pensar que sus planes para próximos largos son secuelas para “Monsters Inc.” y “Cars”. Sinceramente, espero que no, pues muchas de sus películas han sido extraordinarias y las cuento como favoritas dentro de su línea, y han marcado indudablemente el rumbo de la animación en todo el mundo para siempre. Espero que aún tengan algo qué decir en el futuro. Esa es mi desilusión.

Mi enojo es porque veo la oportunidad perdida de hacer algo distinto. Existen los recursos, la capacidad técnica, el prestigio. Pixar podría hacer lo que fuera y la gente lo vería, y esoty seguro que a muchos les gustaría. Pero deciden por el pago grande, por la mayor posible satisfacción económica inmediata, por darle a un público cada vez más estupidizado y conformista algo seguro, que no toma ningún riesgo, y que permite regresar a casa con el mismo sentimiento con el que se entró al cine. No creo que se hayan acabado las ideas. Fue hace apenas dos años, pero parece que “Wall-E”, una película increíble en muchos sentidos, fue hace ya demasiado tiempo.

Creo que el fin de Pixar se precipitó al entrar a las grandes ligas de los estudios cinematográficos americanos. Las grandes recaudaciones, producto de su originalidad, corazón y limpieza en la ejecución, subieron los presupuestos, aumentaron los números de su equipo de trabajo y apresuraron los tiempos para producir. Y por consecuencia, se volvió imperativa la recuperación económica masiva e inmediata. Y eso, retroactivamente, condicionó la toma de decisiones y la creatividad. Imposible decir si recuperarán esa frescura. Todo puede pasar, pero desde mi punto de vista y al menos a corto plazo, el pronóstico no es bueno.

Me suena demasiado cercano a la situación que vivió Disney en su producción de animación tradicional a mediados de los noventas, tras recuperar su magia y cautivar al mundo nuevamente con sus historias. Después de hacer la que tal vez sea su mejor película a la fecha, “The Lion King” en 1994, la presión económica para producir y recaudar en grandes ligas fue tan grande, que se vieron obligados a pensar más rápido, a generar más volumen y por consecuencia menor calidad, a simplificar aún más las historias y sus alcances. Y perdieron algo. Ese “algo”, en la mayoría de los casos, se pierde para siempre.

Estoy seguro que la veré, por el respeto que le tengo al nivel de producción de Pixar, porque la imagen será espectacular. Y estoy seguro también que me retorceré en mi asiento como ahora que veo el trailer por primera vez, imágenes de una película que, en mi opinión, independientemente de que esté bien o mal lograda, nunca debió haberse gestado en primer lugar.

Estoy convencido de que el premio de la Academia a Mejor Película Animada, como está configurado ahora, no premia siempre a la mejor película. Más bien creo que se trata de un grupo de altos intereses, con mucho dinero de por medio, que se van repartiendo el premio, negociado de antemano, para mantener la presencia de este tipo de producción en el público mainstream, con renovado impulso, y poder cosechar más beneficio económico como grupo en los meses venideros. De alguna forma, a Pixar le conviene que a veces gane Dreamworks, por mantener la ilusión de un mercado competitivo y alimentar la relevancia de la animación como producto cinematográfico de alto consumo. Dicho de otra forma, a todos les conviene que gane Disney este año.

De todas formas, y como me gusta ver todas las películas, creo que las nominaciones (más que el ganador) sí nos hablan un poco acerca del panorama industrial de la animación de alto nivel técnico. ¿Qué están haciendo las grandes productoras que tienen todo el capital para producción? ¿Hacia dónde están dirigiendo al consumidor con sus nuevos productos? ¿Hay, en verdad, algo novedoso? ¿O se trata sólo de mayor despliegue técnico y un reciclaje de las mismas historias?

No quiero decir que se trata de malas películas, pero sí hemos llegado a un punto en el consumo de este arte a este nivel en el que hay pocas sorpresas. De pronto, alguna se cuela en las nominaciones, tal vez por intereses que no conocemos, pero nos da una leve esperanza de que el tipo de productos, en el futuro, puedan cambiar para bien. Siempre quiero que ganen aquéllas producciones que han encontrado ese terreno gris, entre el alto presupuesto y el riesgo narrativo y estilístico, para no perder la esperanza de que se puede ser comercial y complejo, ambiguo pero universal. Nunca han ganado. Este año tal vez tendrían alguna oportunidad, si no fuera porque se encuentran los intereses de Disney involucrados.

Coraline
Recreando y perfeccionando la técnica de “Nightmare Before Christmas”, Henry Selick asumió el riesgo de apelar a un público más adolescente y contar una historia compleja para mantener el interés de los adultos. “Coraline” presenta un diseño muy atractivo en personajes y escenarios, animados impecablemente para recrear el mundo de la pequeña Coraline, una niña curiosa que sólo aprecia los aspectos positivos de su vida cuando los ve amenazados por una seductora pesadilla. Me parece una película sumamente bien lograda, con buenas posibilidades de dar la sorpresa, si no por otra cosa, por su largo y exitoso recorrido en festivales de animación durante todo el año.

Fantastic Mr. Fox
La última película de Wes Anderson, adpatación animada de una historia de Roald Dahl, cuenta con su característico extraño sentido del humor y pausa cómica, logrado perfectamente en los rostros sintéticos de sus simpáticos personajes. No es la historia más interesante, pero es una película, por falta de una mejor palabra, diferente. Y aquí aplaudimos cualquier intento por ser diferente. Y la recomendamos.

The Princess and the Frog
El regreso de Disney a la animación tradicional es, en mi opinión, una oportunidad perdida. ¿Por qué regresar técnicamente a algo tan exigente si se contará la misma historia que se ha contado desde hace 70 años? Está todo: la princesa, las canciones, los animales parlanchines, las moralejas rancias, los villanos superficiales. Incluso a la heroína, cuando su sueño es poner un negocio, se le dice que no, que mejor debe soñar con un príncipe. Todo nuevamente al servicio de la ideología estilística (y moral) de Disney, o lo que significa “Disney” para el consumidor colectivo. Aunque se trata de una película “bonita” y “entretenida”, jamás se podrá repetir la magia de otros clásicos de Disney, en donde todos sus valores estilísticos y morales aún estaban vigentes. Me sorprendería si este Oscar no está negociado para Disney desde la pre-producción, para justificar el departamento de animación tradicional y no producir su siguiente “Rapunzel” en números rojos.

The Secret of Kells
Esta cinta es el ejemplo más claro de lo que decía antes. La producción francesa-belga-irlandesa “The Secret of Kells” es, sin duda, la película más interesante a nivel gráfico de las nominadas. Escenarios abstractos, que recuerdan a la pintura de vanguardia por su libertad y expresividad, envuelven a personajes estilizados animados de forma limitada y no-realista, un respiro de la animación mega-realista que se busca y aplaude en esta época. No tiene oportunidad de ganar. En absoluto. Pero la inclusión de esta película aquí es una señal de vida, gente que intentará algo distinto, sin perder la posibilidad de algún limitado éxito comercial que les permita seguir a flote.

Up
Aunque es una buena película, no se trata, por mucho, de la mejor de Pixar. Mi opinión es que sería un extraordinario cortometraje, si terminara cuando el viejo se va en su casa de globos al horizonte. Todo lo demás es una historia simplista de aventuras inverosímiles, sin ninguna evolución o propósito. ¿Habrán caducado también los valores que promueve y reivindica Pixar en cada entrega? En cualquier caso, “Up” es una película técnicamente perfecta, epítome de lo que quiere el público, es decir, un hiper-realismo digital, heredero indudablemente de la ideología de Disney, su “ilusión de vida” o su “irrealidad plausible”. Si no gana Disney, lo hará Pixar, y estará definido el esquema para el éxito comercial de las cintas por venir, salvo por aquellos interesantes casos específicos, muchas veces casi marginales.

Entre las que me hubiera gustado ver en estas nominaciones quiero mencionar dos. La fenomenal “Mary and Max”, de Adam Elliot, ganadora de Annecy 2009 (el festival de animación más grande del mundo) y “Ponyo” del legendario Hayao Miyazaki (tampoco su mejor película, pero sin duda mejor que algunas de las nominadas). Elliot ya ganó un Oscar por un cortometraje (“Harvie Krumpet“, en 2006) y Miyazaki cuenta con otro (“Spirited Away”, en 2003) y varias nominaciones más. Sin duda los veremos nominados en el futuro.

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