Cuando apareció por primera vez la serie “South Park” en 1997, creada por Trey Parker y Matt Stone, los censores estadounidenses temblaron. No soy ningún experto en el tema, pero las ambiguas leyes sobre libertad de expresión, la famosa Primera Enmienda, permitía a sus realizadores parodiar prácticamente todo y a todos, incluídas importantes figuras de la política, la religión y la farándula de todo el mundo, sin límites de exageración y sin ninguna consideración al “buen gusto” o a las “buenas costumbres”. Las únicas condiciones que exigía la ley eran que se etiquetara debidamente el programa y que no se utilizaran bajo ningún motivo palabras altisonantes en la televisión. Básicamente, se le permitió a “South Park” (y a muchos otros programas irreverentes de la nueva animación norteamericana para adultos de los noventas) insultar y criticar libremente a todo, sin ningún límite de respeto por la imagen o vida privada de nadie, pero nunca utilizando la palabra “fuck”.

Un par de exitosos años después, habiendo revolucionado el tema de la censura en la animación para adultos en los Estados Unidos, la serie dio el salto a la pantalla grande con el largometraje “South Park: Bigger, Longer and Uncut”, en el que se empujaban todavía más los límites de la irreverencia y se gozaba plenamente de otra característica de las leyes de censura americanas. En el cine, con la debida etiquetación, las palabras altisonantes pueden estar a la orden del día.

Como peces en el agua en este nuevo terreno, Parker y Stone no sólo decidieron hacer uso de esta nueva libertad, sino que se dispusieron a escribir todo un guión que girara en torno a las groserías. Los famosos niños entrañables protagonistas de la serie, Stan, Kyle, Cartman y Kenny, descubrían por primera vez las palabras altisonantes a causa de una popular película canadiense. La analogía de la película con lo que experimentaron sus creadores al escribirla es perfecta. Parecían decir: “No sólo haremos una película con todas las groserías que se nos ocurran. El punto de la película serán enteramente los insultos más crasos que se nos ocurran como niños pequeños insultándose de las peores formas y refiriendo de forma poco educada a temas adultos como el sexo y el racismo.” Y el resultado, en mi opinión, es divertido y genial en su propio derecho.

Más allá de las parodias más específicas a personajes de la cultura pop americana contenidos en la película, la crítica a los parámetros de censura de los medios me parece lo más interesante de la película, pues señala el aspecto más contradictorio de la moral del país del norte (y de muchos otros también, en sentidos similares). ¿Qué tipo de leyes de libertad de expresión permiten hablar de cualquier cosa en cualquier tono e insultar sin consecuencia a todo y a todos, pero ponen el grito en el cielo cuando se dice una insignificante grosería o se muestra un natural pezón?

“South Park”, tanto la serie como la gran película de 1997, denuncia tenazmente estas contradicciones y las explota al máximo. Habiendo encontrado el tono y el lenguaje perfectos, Parker y Stone han generado un negocio multimillonario desde una contradicción legal, y sin duda han llenado una necesidad de sus consumidores, que ríen con las peripecias irreverentes de sus personajes favoritos al mismo tiempo que lo hacen de un sistema de censura gubernamental que parece ser, cada vez más, completamente innecesario.

¿Cómo sería un mundo sin censura, en donde los valores partieran únicamente de las familias y los entornos particulares, y el contenido de los medios estuviera completamente libre de regulación? Si bien este escenario ya es muy real con internet y los nuevos medios, ¿cómo pueden plantearse y ejecutarse las regulaciones en relación a sus contenidos? Las intenciones de censura por parte de los gobiernos, que parecen ser puro discurso vacío, ¿prácticamente se probarán obsoletas?

Todo aspirante a director de cine sueña con algún día ponerse de pie delante de un auditorio para recibir el galardón más codiciado en la industria, con dar ese discurso trillado en donde agradeces a toda la gente que te ha ayudado, en las buenas y en las malas, y en donde al final sueltas una lágrima igualmente cinematográfica de felicidad. En la estructura de la industria cinematográfica comercial actual, nos guste o no, esa es la imagen del éxito. Sin embargo, para los jóvenes directores de cine, parece algo muy lejano, pues producir una película que pueda competir en esos niveles es muy difícil económicamente.

Lo que me gusta del cine de animación es que hay forma de darle la vuelta a ese tipo de barreras. Es cierto que producir un largometraje comercial animado cuesta demasiado dinero, pero es más cierto, si se quiere ver, que la animación tiene infinitas formas de expresar algo, que pasan más por la creatividad, la dedicación y el corazón, que por el bolsillo.

Nina Paley, una joven animadora de ascendencia india, viviendo en San Francisco, decidió que su largometraje de ensueño dependía solamente de ella. Con una modesta beca de la fundación Guggenheim, se dispuso a realizar, únicamente con herramientas digitales como Flash y Photoshop, una increíble película llamada “Sita Sings the Blues”.

Utilizando numerosos estilos de animación, desde un trazo inestable cartoon y animación cut-out digital, pasando por collage, rotoscopia hasta incluso animación clásica de sombras, “Sita Sings the Blues” cuenta la historia semi-autobiográfica de Paley, narrada en paralelo con una reinterpretación moderna y abierta de un mito clásico del Ramayana, específicamente el exilio del príncipe Rama y el suplicio posterior de su fiel esposa Sita. En clave de comedia irónica, esta es una de las películas más interesantes y originales que he visto en cuanto a registros visuales se refiere, pues es increíble como va cambiando sus propias reglas de diseño y colores de secuencia a secuencia y entrelazando musicalmente todos los estilos para narrar un bello mito hindú, y al mismo tiempo revisitar un episodio doloroso de su vida, el abandono de su marido para irse a trabajar a India, todo al ritmo del blues en la preciosa voz de Annette Hanshaw.

Algo que también hace especial a “Sita Sings the Blues” es su carácter legal, pues allá en 2008, fue uno de los primeros largometrajes en publicarse bajo la licencia Creative Commons, lo que implica que puede reproducirse y editarse a placer de manera legal, sin necesidad de obtener ningún permiso por parte de su autor. Lo único que posee derechos de autor en toda la película es la música de Annette Hanshaw (y Paley, según dice, pidió prestados 70,000 dólares para pagarlos y poder utlizarla legalmente); todo lo demás es de todos. Me parece muy interesante el cambio de paradigma de Paley en este sentido, sin duda producto del proceso que vivió para realizar su película, que sólo dependía de ella y no de otros intereses. Cito una parte del texto de la realizadora al respecto:

“Conventional wisdom urges me to demand payment for every use of the film, but then how would people without money get to see it? How widely would the film be disseminated if it were limited by permission and fees? Control offers a false sense of security. The only real security I have is trusting you, trusting culture, and trusting freedom.”

Se puede leer el texto íntegro, así como descargar la película completa directamente, en varios formatos de baja y alta calidad, en sitasingstheblues.com

Una gran idea, mezclada con mucho talento y pasión, más casi dos años de trabajo al frente de una pantalla ilustrando y animando, y Nina Paley, prácticamente por su cuenta, ha cumplido ese sueño tan elemental de cualquier estudiante de cine del mundo. “Sita Sings the Blues” fue premiada con el Cristal de Annecy, el honor más alto del festival de animación más importante del mundo, en 2008, probando que no se necesitan presupuestos de muchas cifras para ser exitoso en esta industria, únicamente entusiasmo y dedicación.

Obviamente las recaudaciones de “Sita Sings the Blues” no se comparan con las de cualquier gran producción, pero me queda claro que no era la intención de esta película. El dinero lo mancha todo, nos guste o no, y es refrescante saber que hay proyectos que no lo tienen como motor y como fin último, que hay un mundo fuera del cine de animación comercial tan escaso últimamente de sustancia. Yo me quedo con esta película antes que con la mayoría del cine comercial en cartelera hoy en día. La realización personal y la felicidad, como la animación, también tiene muchas formas, y a mí personalmente me parece muy noble plantear un proyecto desde este lugar, y encontrar que también hay gente en el mundo profesional que puede apreciarlo, recompensarlo y hacer un sueño realidad.

Por la humildad, por la originalidad y por la cultura compartida.

En 1971, la producción de una gran pieza de animación soviética del veterano realizador soviético Ivan Ivanov-Vano, tenía una vez más como co-director a un joven Yuri Norshteyn, quien se convertiría, en la década por venir, en el más grande animador soviético de todos los tiempos.

La Batalla de Kerzhenetz”, épica y emotiva representación animada de los ataques salvajes de los mongoles y la resistencia heroica (y costosa) del ejército ruso, al compás de la pieza musical homónima de Nikolai Rimsky-Korsakov, es una de las películas más famosas de la animación soviética. Uno más de su larga obra, este cortometraje aseguró el sólido lugar de Ivanov-Vano como uno de los que llevaron la producción de animación rusa al plano internacional, aún en plena guerra fría.

Pero la mejor decisión de Ivanov-Vano fue pasar la antorcha a Norshteyn, para ser considerado su mentor, lo cuál es un cumplido en ambas direcciones, en mi opinión, de proporciones enormes. La fluida y expresiva animación en técnica cut-out, el interesante juego de cámara y el montaje son las tres fuerzas de esta épica historia. Muestran el gran potencial que tenía Norshteyn en su trabajo anterior a sus tres únicas películas, sobre todo, “Yozhik v Tumane” y su cuento de cuentos, la genial “Skazka Skazok”.

Aquí “La Batalla de Kerzhenetz”, con atención especial a la escena de la batalla misma, en donde un montaje excepcional (sin duda deudor de la tradición rusa de Sergei Eisenstein), la paleta de colores, las formas y una coreografía precisa hacen de ésta una de las secuencias más expresivas, no sólo en animación, sino en la historia del cine soviético en general.

Una de las piezas más bonitas de animación que he visto es otra de las (lamentablemente) pocas firmadas por la gran figura de la animación soviética, Yuri Norshteyn.

Utilizando el inconfundible y exquisito estilo de animación por recortes de su autor, “Yozhik v Tumane” cuenta la historia de una bella amistad entre Oso y Puercoespín, que acostumbran reunirse sin falta para contar las estrellas al caer la noche, alrededor del fuego. Un día, cae una pesada niebla en el bosque, y Puercoespín pierde su camino rumbo a la cita tradicional. Asustado, sin saber por dónde va, y por las criaturas que puede encontrarse escondidas en la niebla, la mayor preocupación del pequeño animal es que va tarde a su encuentro, que dejará esperando a su amigo y que le correspondía a él, en esta ocasión, traer la jalea para la cena.

El tono poético de la narración, basado en un cuento antiguo del folklore ruso (como acostumbra Norshteyn, por ejemplo en “Skazka Skazok”), unido con una precisa y clásica animación, genera imágenes preciosas e inolvidables. Un alma sensible, un soñador, perdido en un mundo de potencial peligro e incertidumbre, haciendo lo posible para no defraudar a la gente que le importa, porque mantener las tradiciones con los amigos es lo más importante.

Finalmente, el simpático puercoespín encuentra el camino en la niebla, gracias a a ayuda inesperada del extraño bosque. Inmediatamente, tiene lugar una genial conversación entre los amigos, en la que le reclaman a Puercoespín, siempre desde un lugar de cariño, su tardanza. ¿Quién más puede contar las estrellas como él? Puercoespín cumple su papel, pero hay algo diferente dentro de él. Su mente soñadora está en otro lugar, un lugar que sólo él conoce, para siempre.

Después de todo, ¿cómo puede quedarse quieto un caballo ahí, en la niebla?

En el año de 1984, durante los Juegos Olímpicos de la ciudad de Los Angeles, se llevó a cabo un congreso cultural cinematográfico llamado The Animation Olympiad, en donde los “expertos” del tema se reunieron para evaluar, en forma de comeptencia, lo que se había conseguido en animación hasta esa fecha, desde principios de siglo. Su veredicto: la mejor película animada de todos los tiempos se hizo en 1979, llamada de forma muy apropiada,“Skazka Skazok”, el “cuento de los cuentos”, del extraordinario realizador ruso Yuri Norshteyn.

Esta denominación, en las décadas siguientes, adquirió un carácter casi mítico. Sin duda, un calificativo de tal magnitud impacta la opinión, predispone al espectador al enfrentarse a una obra nueva. Pero la realidad es que no hay otra película en el género que esté rodeada de un mito así, equivalente tal vez al de “Ciudadano Kane”. Y para sumarle a la leyenda, se cuenta que los mismos “expertos” se reunieron hace unos 5 años para evaluar nuevamente el panorama mundial de la animación. Su veredicto esta vez: “Skazka Skazok” sigue siendo, en todo su derecho, el cuento de todos los cuentos.

Yuri Norshteyn es uno de esos casos dentro de la historia del cine en donde alguien adquiere una importancia enorme con una obra muy pequeña, pero muy especial. Básicamente, Norshteyn firmó cuatro inolvidables películas, suficiente para marcar en piedra su lugar en la historia. Es considerado el maestro por excelencia de la animación cut-out, llevándola a estándares de calidad, fluidez y expresividad nunca antes vistos en su época, y aún sorprendentes a la fecha, con la tecnología a nuestra disposición y capricho. Su trabajo habla por sí solo.

Una fascinante historia ambigua. Existe un pesonaje que puede distinguirse como protagonista, el lobito gris de la tradición rusa, pero no puede asegurarse que se trate de su historia. Una narrativa poco tradicional, en forma de viñetas intercambiables, recuerdos borrosos de un pasado agridulce, en donde los elementos se repiten una y otra vez, con diferentes significados, para evocar un sentimiento extraño, sin rostro. Las relaciones temporales y espaciales se confunden, se borran. No hay una historia clara, pero los elementos juegan de forma extremadamente armónica, cargados de significado para llevar a casa su mensaje, siempre uno de espacios sugeridos, a rellenar por el espectador. Y ahí es donde radica su belleza, en su perfecta ambigüedad. A pesar de su título, no puede ser visto como un cuento, sino como un poema alegórico, abierto y fugaz.

¿Y entonces? ¿De qué se trata este “cuento de cuentos”? Es difícil decirlo. Se trata de todo. De la guerra y la paz. De la inocencia de la niñez y la soledad que trae consigo el tiempo, del abandono. Del hogar y la inocencia perdida. De los placeres sencillos. De la memoria. Del amor. De la memoria del amor.

¿Es la mejor película animada de todos los tiempos? En general no me gustan las proclamaciones de ese tamaño, y trato de evitarlas, porque creo que nada debe analizarse fuera de su contexto. Pero si tuviéramos que ir a juicio con ésto, este cuento de cuentos, considerando todos sus aspectos, ciertamente podría plantear un buen caso para llevarse el título. Sobra decir que, a cualquiera que le apasione la animación como a mí, tiene que enfrentarse al mito. Tu opinión es tuya.

Aquí en tres partes.

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