Bilbao, España. 4 de abril de 2011.
Me tomo una cerveza fría en el Café Iruña, añejo e icónico restaurante de tono andaluz en pleno centro de la bella ciudad de Bilbao, famoso por su longevidad, ambiente e incomparables deliciosos pintxos morunos. En tres días, he venido cuatro veces a probar toda la carta. Se trata de un acogedor-pero-caótico lugar que sin duda ha visto pasar gente de todos los caminos de la vida, pero una semana al año desde hace ya siete, quienes lo visitan son animadores profesionales, aficionados y curiosos de este arte, pues sirve como sede no oficial de uno de los festivales de animación más bonitos de Europa, no por su tamaño o su alcance, sino por una razón mucho más sencilla.
Animabasauri es especial porque, más que un evento de corte profesional, se siente como una reunión de viejos amigos. Sin importar que estés aquí por primera vez.
La esencia del festival es el contraste. El de lo añejo del Café Iruña con el desarrollo burbujeante de la metrópolis vizcaína. El de la vertiginosa modernidad de Bilbao con la sencillez y modestia de la pequeña ciudad de Basauri, sede principal, cuna y corazón del festival. El ajeno sonido del idioma euskera frente a cualquier otro de raíces grecolatinas más familiares. El calor y pasión de los vascos frente al resto de los españoles. El escenario glamoroso internacional de un festival de cine frente a las sonrisas humildes y honestas con las que te recibe su gente.
A mi lado María Jesús Díez, directora del festival, cuyo esfuerzo de la mano de la productora/distribuidora vizcaína Barton Films ha mantenido esto con vida siete años y contando. Me advirtieron, con toda razón, lo bien que me trataría y el cariño con el que acabaría despidiéndome de ella. A mi otro costado Susana Losada, involucrada desde el principio en el evento y ahora coordinándolo eficazmente por primera vez. Ambas sonríen, ríen, parecen exhaustas pero satisfechas. “El trabajo pesado es antes,” dice ella, “si lo hicimos bien, ahora es más piloto automático, estar pendiente de que todo salga de bien y disfrutar.”
Y para nosotros, obviamente, disfrutar significa hablar de animación. Me crucé una interesante retrospectiva al animador valenciano Pablo Llorens, la referencia en animación de plastilina en la península, un buen tipo a quien también tengo sentado al otro lado de la mesa. Después, una interesante conferencia por parte de Jordi Grangel, cabeza de Grangel Studio, flamante encargado de los memorables personajes de “Corpse Bride” de Tim Burton. Como acompañamiento a la conferencia, se podían ver de cerca los bocetos de dichos personajes en exposición en la Torre de Ariz en Basauri. Por su parte, la fnac Bilbao era casa de otra exposición atractiva de bocetos, en este caso el arte original de “Chico & Rita”, dibujado a mano por Javier Mariscal. En suma, tres ejemplos claros de la proyección internacional del cine de animación español y las capacidades de sus mejores profesionales.
Ocho largometrajes, más de cuarenta cortometrajes en fílmico y más de setenta en video nos arrojan un palmarés tan interesante como variado. El premio mayor fue para el largometraje chino “Piercing I” de Liu Jian (que cuando lo vi en Annecy el año pasado lo llamé “tarantinesco” en el sentido de que no ocurre mucho y al final se impone la violencia sin sentido), que es una prueba de que se pueden hacer buenas películas sólo con una buena idea y poco despliegue técnico. También premiados “Love Patate” de Gilles Culliver, una extraña historia de amor entre un hombre y eso, una patata, aunque radioactiva, y “Doomed” de Guillermo García-Carsi, creador de la brillante serie infantil “Pocoyó”, que ahora ha creado un simpático bestiario de criaturas condenadas a la extinción.
Lamentablemente no pude quedarme a la proyección de dos clasicazos de la animación italiana, el país invitado: “La gabbianella e il gatto” de Enzo d’Alo y “Allegro Non Troppo” de Bruno Bozzetto. Ambas las he visto antes, pero me hacía ilusión verlas en pantalla grande. En fin, es un costo de ser un ingenuo al que le interesa todo. En un festival así, siempre te quedarás con ganas de ver más.
Pero todo lo que vi es meramente anecdótico. Poco a poco he descubierto que lo que me interesa de ir a los festivales es otra cosa.
“¿Has ido ya al Guggenheim?” me preguntan. “Fue lo primero que hice llegando a la ciudad”, contesto yo, sabiendo que lo visto en ese espectacular museo será también lo primero que se me olvide. Lo único que me llevo de recuerdo, a donde quiera que vaya, es la gente.
Hasta el próximo año. ¡Agur!
