Conocí el trabajo de Joanna Priestley hace algunos años, cuando vi proyectado en una galería de Vancouver el gran cortometraje “The Dancing Bulrushes”, una representación de una vieja leyenda Chippewa sobre un coyote cuyo único deseo en la vida es bailar, con una ilusión desmedida que paulatinamente se convierte en obsesión. Tanto así que el preciado día que lo consigue y es invitado a una gran fiesta a bailar para todos, se da cuenta que lo ha soñado todo, y se ha quedado dormido en un campo de espadañas. Coyote aprende, tristemente, que incluso los sueños más lindos no pueden durar para siempre.
Leyendo más sobre esta animadora de Portland, Oregon, de larguísima trayectoria, me encuentro con que se trata de una de las voces más importantes de la animación “feminista” (¿quién podría escribir eso sin comillas, si nadie sabe precisamente lo que es?), además de ser una abogada muy activa de la medicina herbolaria natural y la comida 100% orgánica. Lo curioso, y lo primero que pienso al re-descubrir su trabajo después de varios años, es que esta aplaudida agenda feminista es, a lo mucho, apenas sugerida.
Y por esta misma razón me parece genial la obra de Priestley. Ella, conscientemente, ha abordado el feminismo de manera velada y poética, evitando a toda costa señalar abiertamente la supuesta desigualdad y la injusticia y ha optado por resaltar otros aspectos mucho más sutiles como la fertilidad, la sensualidad y la sensibilidad femenina. De manera muy versátil, sin ser demasiado explícita con sus mensajes, Priestley logra presentar una imagen muy positiva de la mujer, natural, fértil, sexual y poderosa, fusionándola con la naturaleza, como la posibilidad de amor y de futuro para los hombres, mediante su fértil sensualidad.
Personalmente tengo la sospecha de que ella ni siquiera tiene una agenda feminista, y que su trabajo se ha interpretado de esa manera según otros intereses. Sus películas bien podrÌan estar hablando únicamente de la naturaleza. Al parecer Priestley únicamente peca de ser terriblemente honesta, e incluso sería, para el feminismo más radical, inútil.
En esta liga podrás ver “Dew Line”, en donde formas abstractas orgánicas (¿plantas quizás?) se mueven al ritmo de la música en un momento de esplendor, muerte y regeneración constante, que puede verse como una bella representación animada del ciclo de la vida microscópica o, aparentemente, como una violenta e insurgente agenda feminista hábilmente disfrazada. Mientras decidimos si es feminista o no, aquí el igualmente genial “Voices”.
